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Virgen María: ¿Por qué llamarla Madre de Dios?

Uno de los dogmas marianos establece que María es Madre de Dios.

Cuando oigo esa pregunta, miro al Cielo y le digo a la Virgen María: “tápate los oídos, Mamita”, pues sé que es casi seguro que al responder la van a mencionar, y dirán algo que la ha de entristecer oír.
¿Qué pregunta? La que hace Marcus Grodi, anfitrión del programa ‘El regreso a Casa’ (The Journey Home), del canal católico EWTN (en TV e internet), al entrevistar a conversos al catolicismo. Les pregunta: ‘¿cuál fue tu mayor obstáculo para abrazar la fe católica?’ Casi todos mencionan a la Virgen María. Y al explicar por qué, resulta evidente que en sus iglesias o sectas les enseñaron mentiras sobre la Iglesia y las creyeron sin cuestionar. Así, los 4 dogmas marianos les parecían inaceptables, hasta que descubrieron de qué tratan realmente y pudieron apreciarlos y aceptarlos.

Estamos en mayo, mes dedicado a María, y como tal vez haya más personas con dudas sobre los dogmas marianos, conviene intentar aclararlas.

De entrada hay que decir que a mucha gente eso de ‘dogma’ le sienta mal, le suena a imposición y piensa: ‘yo no acepto dogmas, soy libre de creer lo que quiera’, no se da cuenta de que creer un dogma no nos limita ni nos quita libertad, pero sí nos da una base sólida sobre la cual cimentar nuestra fe. No aceptarlo es como decir: ‘yo no quiero pararme en tierra firme, prefiero hundirme en arenas movedizas.’

Los dogmas son verdades de fe definidas (no inventadas) por la Iglesia, inspirada por el Espíritu Santo que Jesús prometió enviarle para conducirla a la verdad (ver Jn 14, 16; 16, 13). Están basados en la Biblia y en lo que enseñaron los Apóstoles, y tenemos la tranquilidad de saber que lo que afirman es cierto y no va a cambiar.

Los dogmas marianos son cuatro, y aunque se refieren a María, también nos revelan importantes verdades acerca de Jesús.

Los dogmas marianos.

Pasemos a repasarlos y a explicarlos. Para poder profundizar un poco más, dedicaremos a cada uno, un artículo. Empecemos por el primero:

Primer dogma mariano: María es Madre de Dios.

Fue definido por el Papa Celestino I, en el Concilio Ecuménico de Éfeso, el 22 de junio del año 431.
Hay quien se escandaliza ante este dogma porque equivocadamente piensa que los católicos creemos que María es diosa y por eso decimos que es Madre de Dios. Eso es falso. Este dogma simplemente se refiere a que, como afirman los Evangelios, María es Madre de Jesús (ver Lc 1, 31; 2, 51; Mt 1, 16.18; Jn 2, 1;) y siendo Jesús Dios y Hombre, una sola Persona con dos naturalezas: divina y humana, que son inseparables, no se puede decir que María sólo sea Madre de la parte humana. Es Madre de Jesús, que es Dios y Hombre, por lo tanto, se puede decir que es Madre de Dios.

En el Evangelio según san Lucas, Isabel, parienta de María, a la que Ella va a visitar estando embarazada de Jesús, la llama: “Madre de mi Señor” (Lc 1, 43).

Ahora bien, el hecho de que la llamemos Madre de Dios no significa que la consideremos divina. Tenemos clarísimo que es humana, la obra cumbre de la Creación, pero creatura al fin. Eso sí, también nos queda claro que el suyo es un caso como no hay otro, pues es la única mujer, en toda la historia, que ha albergado en su vientre, al Hijo de Dios. Ello la hace digna de nuestra admiración, amor y veneración. Sólo los católicos cumplimos lo que Ella misma anunció: llamarla “Bienaventurada”, porque en verdad “Aquel que todo lo puede ha obrado maravillas” en Ella (ver Lc 1, 48-49). Pero no la adoramos. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que sólo a Dios hay que adorar (ver CCE # 971 y 2096).

Es cierto que quien nos ve rezar ante una imagen de la Virgen María puede tener la errónea impresión de que la adoramos, pero no es así. Para nosotros es como una foto que nos ayuda a fijar la atención en Aquélla a la que nos dirigimos para pedirle su intercesión ante Jesús. No olvidemos que cuando Él estaba en la cruz nos la encomendó como Madre (ver Jn 19, 25). Podemos y debemos honrarla. Decía san Maximiliano Kolbe: “No temamos amar demasiado a nuestra Madre María; nunca la amaremos más de lo Jesús la ama.”

Fuente: Desde La Fe

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