Una oración por Somalia y por los patéticos asesinos que se enfrentan a la oscuridad eterna

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Contad las historias de amor, rezad con las historias de amor, y las fuerzas de la muerte no podrán vencer.

Las imágenes casi escapan a la imaginación, incluso tras tantísimas imágenes tan horribles que ya hemos visto. El pueblo somalí hundido en las ruinas; niños pequeños cargando con restos humanos.

En el momento en que se escribe este artículo, el recuento de muertes acaba de subir hasta 300, más otros 300 heridos y, según nos dicen, ambas cifras podrían aumentar con la recuperación de más personas o cuerpos tras el atentado terrorista con camión bomba, el ataque individual más mortal en la historia de Somalia.

Los líderes mundiales condenan de forma unánime el horror. El gobierno somalí, que ha ordenado tres días de luto en todo el país, culpa de la devastación al grupo extremista Al Shabab, con vínculos con Al Qaeda, aunque ningún grupo conocido ha reclamado todavía la autoría del atentado.

Con mucha frecuencia escuchamos hablar desde Occidente sobre estos ataques salvajes que suceden en países del tercer mundo y, sin tiempo que perder, pasamos página porque lo que sucede “allí” parece menos importante que lo que pasa dentro de nuestras propias fronteras. Desde nuestra nación de Estados Unidos todavía estamos aturdidos por la reciente masacre en Las Vegas, una narrativa aún vacilante a la que dedicamos tiempo para saber de las historias humanas que trascendieron al horror. A medida que aprendemos más sobre los humanos inocentes masacrados en Mogadiscio, Somalia de repente parece mucho más cercana que nunca.

El padre de Maryan Abdullahi había estado preparando un vuelo de Londres a la capital de Somalia para el domingo para poder asistir al momento más feliz de la vida de su hija: el día de su graduación.

En vez de eso, la enterrará.

El sábado, Abdullahi, de 22 años, culminaba los últimos preparativos para graduarse después de años de estudios de Medicina, cuando un enorme camión bomba detonó en medio de una calle de Mogadiscio donde la joven viajaba en coche con unos amigos.

 

Las historias humanas sobre amor humano deben ser contadas, siempre que podamos compartirlas. Contad las historias de amor y las fuerzas de la muerte no podrán ganar. Maryan Abdullahi hablaba por teléfono con su hermana unos 20 minutos antes de su muerte. Ella amaba y era amada. Ahora nosotros la conocemos, conocemos este amor y podemos propulsar nuestras oraciones contra estas fuerzas del odio, porque sabemos que una oración así, cimentada en semejante amor, se convierte en el arma más efectiva y subversiva.

Washington Irving escribió:

Hay algo sagrado en las lágrimas.
No son la marca de la debilidad, sino del poder.
Hablan más elocuentemente que diez mil lenguas.
Son los mensajeros de la abrumadora tristeza (…)
y del amor más inexpresable.

A veces, cuando escribimos estas oraciones demasiado frecuentes por los difuntos y por aquellos que quedan doliéndolos y por los gobiernos que quedan para reflexionar y planificar y preocuparse y fracasar, empezamos a sentir como si estuviéramos atrapados en una cinta de Möbius de oración sin acción.

Las oraciones nunca son inútiles, por supuesto, pero después del tiroteo de Las Vegas, una frustrada Kirsten Powers declaró que el que las personas enviaran al éter “pensamientos y oraciones” parecía casi un acto “profano”. Powers no decía que considerara la oración inútil —de hecho reconoce claramente que la oración es “imperativa”—, pero después de un tiempo no podemos evitar sentirnos impotentes ante tantísimo dolor respondido con los clichés ensayados de los políticos y poco más.

Pero Washington Irving tiene razón. Las lágrimas no son un signo de debilidad, porque hay muchísimo poder en la fuerza del amor humano. Y este es el poder al que debemos recurrir para derrotar al mal innombrable. Conocer las historias humanas con personas que amaron y fueron amadas da urgencia a nuestra oración, pero logra algo más que eso: arrebata la victoria de los perpetradores del mal. Decimos con el más santo de los desafíos:

“Quizás desoléis una tierra,
pero no podéis ganar.
Nuestro amor es más fuerte que la muerte,
y sigue viviendo.
Seguimos amando, más allá de estas tumbas.
Y porque eso es verdad,
rezaremos incluso por vosotros,
por que encontréis algo de amor en vuestras propias vidas,
porque solo el amor, solo el amor puede salvaros
del temible, oscuro y solitario infierno
al que cada día os acercáis más,
al que, cada día, os consignáis,
porque no tenéis este amor,
este amor que es más fuerte que la muerte”.

¡Oh María, Madre de Jesús!

Mira desde el cielo

a tus hijos que sufren,

y ruega por nosotros.

Que la gente que sufre

en Somalia y en todo

el mundo

conozca el consuelo

y el amor sanador

que el Dios Todopoderoso y vivo

le ofrece a su pueblo.

Te pedimos por los heridos

que necesitan sanación.

Te pedimos por los asesinos

para que se conviertan

de la oscuridad,

a la luz maravillosa de Dios.

¡Oh María concebida sin pecado!

Ruega por nosotros

que recurrimos a ti.

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