Homilía en el XI Domingo del Tiempo Ordinario

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Homilía en el XI Domingo del Tiempo Ordinario

Así afirma San Pablo en la segunda lectura que hemos escuchado. En nuestro peregrinar en esta vida, caminamos guiados por la fe, sin ver todavía (2 Cor. 5:7). La fe que tenemos en Jesucristo es nuestra brújula; por eso es tan importante, como lo hacemos domingo a domingo, escuchar la Palabra de Dios, para que la fe nos dé esa luz, que necesitamos en nuestro camino ante las circunstancias que vivimos.

Hoy el Evangelio presenta en boca de Jesús dos parábolas para entender el misterio del Reino de Dios, que se va desarrollando a lo largo de la historia de la humanidad, donde nosotros, guiados por la fe, sin ver todavía la detonación del Reino de Dios en su plenitud, confiados en la Palabra de Cristo, lo desarrollamos y colaboramos con este misterio del Reino de Dios.

Hoy, la primera parábola explica el dinamismo que tiene este camino del Reino de Dios, donde, de manera desconocida, como lo plantea la parábola, el hombre siembra la semilla: va, la deja en la tierra y, sin saber cómo -dice la parábola-, esta semilla germina (Mc. 4:26-27); crece la planta, y da fruto. Este desarrollo le sirve a Jesús para explicarnos que también nosotros tenemos que conjugar nuestro esfuerzo humano con el dinamismo divino, con la presencia del Espíritu, que, sin saber nosotros cómo y sin verlo todavía, lo experimentamos, ya que recogemos frutos – afirma la primera parábola.

La segunda parábola dice que el Reino de Dios se puede comparar con ese pequeño granito de mostaza que se siembra, y crece hasta ser un arbusto que da cabida, a que ahí, aniden los pájaros, para que ahí tengan su casa (Mc. 4:26,32). El Reino de Dios es precisamente eso: que la humanidad tenga espacio para todos y cada uno de nosotros, que tengamos un lugar donde anidar, donde crecer y donde desarrollarnos.

Estas dos parábolas se unen a la primera lectura, en que escuchamos al Profeta Ezequiel decir que, de un renuevo el Señor hace germinar la vida (Ez. 17,22-24); el renuevo se corta de un árbol, se siembra, crece, y también anidan ahí los pájaros del cielo. Estas figuras ayudan a entender el dinamismo que tiene el hombre y la humanidad si camina a la luz de la fe.

¿Cuáles son estos aspectos, que podemos entrever, que tiene el Reino de Dios? Con la predicación de Jesús, como lo vemos en estas dos parábolas y también en la primera lectura, uno de los primeros valores es la vida. La vida es un don de Dios, Él es el Creador, por tanto, Él origina la vida. Por eso la vida es sagrada, por eso la Iglesia nos enseña que hay que respetar esa vida, particularmente la humana, desde su fecundación hasta la muerte natural.

El segundo valor, que una y otra vez la Iglesia expresa en su enseñanza, es la familia. Así como la semilla necesita de esa tierra, regada y arada por el campesino para que crezca sana y pueda dar fruto, así en la familia es donde se siembra y nace la vida. La familia es la cuna del amor gratuito; y el amor gratuito, el que no espera correspondencia, sino que se da generosamente al otro -como lo hacen papá y mamá por sus hijos, y después lo enseñan a vivirlo así entre hermanos-, ese amor gratuito es el amor de Dios para nosotros. Por eso siempre nos perdona, y nos ayuda a restaurarnos, a transformarnos, a convertirnos en la persona digna que Él proyectó en nosotros. La familia es indispensable para caminar en la fe y desarrollar el misterio del Reino de Dios en el mundo.

El tercer valor es la educación. La educación tiene cuatro aspectos fundamentales. El primero es la educación en la familia, para que la persona se sienta amada, para que sepa valorar a los demás como la han valorado a ella, y para que pueda generosamente colaborar con los otros; la educación en familia es indispensable, por eso es tan importante procurar la estabilidad de las familias, que tengan vida digna.

El segundo aspecto es la educación con la familia más amplia, con los vecinos, con los círculos de amistad, donde se van poniendo en común las relaciones, los mismos anhelos e ilusiones de tener una vida en paz, en comunicación y en comunión con los otros.

El tercer aspecto es la educación en la escuela, porque es ahí donde la mente se desarrolla y se pone al tanto de los descubrimientos e investigaciones del hombre, a fin de que se relacione mente y corazón. La familia sobre todo ha aportado al crecimiento del corazón, mientras que la escuela ayuda más a desarrollar la mente.

El cuarto aspecto es la educación en el ámbito laboral, donde servimos desde nuestras actitudes y habilidades, donde nos encontramos con otros que también trabajan. La educación en esos ambientes es fundamental para superar malas administraciones, malos servicios, corruptelas, etcétera.

Finalmente, además de vida, familia y educación, es muy importante la libertad religiosa, que podamos expresar nuestras convicciones de fe públicamente, y asociarnos como tal para colaborar en la solución de los problemas, que siempre tiene toda sociedad.

Como ven, caminar en la fe significa que todavía no vemos todo el desarrollo del Reino, pero lo anhelamos, lo procuramos, y el dinamismo de la ayuda divina generará la posibilidad real de hacerlo presente entre nosotros.

Si queremos caminar no solamente en lo individual, sino como pueblo, para que nuestro querido México sea una auténtica expresión de la presencia de Dios en medio de nosotros y podamos tener garantizados estos valores para crecer y desarrollarnos, hoy tenemos la responsabilidad enorme de elegir a nuestros gobernantes, a quienes van a guiarnos en los próximos años.

Por tanto, fíjense bien qué candidato ayuda más a garantizar estos valores: vida, familia, educación y libertad religiosa. Ir a poner ese granito de mostaza del Reino de Dios, hoy se expresa yendo a votar. Es una responsabilidad social del católico; no podemos abstenernos, tenemos que ir a la urna y elegir con plena libertad, en secreto, viendo la propuesta que busque no sólo el beneficio personal, sino el de toda la sociedad.

Que en estos días, en que estamos ya tan cerca de la jornada electoral, vayamos especialmente los católicos, comprometidos con nuestra fe, a llevar un voto razonado, reflexionado, pensando en el futuro. Y que no sean las encuestas -lo tengo que decir- las que decidan por nosotros, sino nosotros decidir con nuestro voto.

Pidámosle a María de Guadalupe: Queremos un pueblo en paz, queremos un pueblo en desarrollo, donde los valores del Reino de Dios se expresen, y colaboremos unos con otros. Está en nuestras manos sembrar ese granito de mostaza. Pidámosle a nuestra Madre, que a todos nos mueva para esta corresponsabilidad social, con el cariño y el amor que le tenemos. ¡Que así sea!

SIAME

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