Frente a la cultura de la muerte, defensa de la vida

863

Michoacán se ha convertido en paradigma de la cultura de la muerte en nuestro país. En este caso, es consecuencia de las acciones de los cárteles, ya sea enfrentados entre sí, en lucha con las autoridades o, simplemente, en agresiones hacia quienes les obstruyen su acción. El afán de poder y riqueza no tiene límite, no sólo están dispuestos a violar la ley, sino a eliminar a quienes se les pongan enfrente.

Está visto que la fuerza no ha sido el medio para detener la ola de violencia. Lejos de amedrentarse, los violentos están dispuestos a responder con los mismos medios, a pesar de que saben perfectamente que no sólo está de por medio la vida de otros, sino que la vida propia también está en peligro. Y ni por eso se detienen.

Michoacán se ha convertido en paradigma de la cultura de la muerte en nuestro país. En este caso, es consecuencia de las acciones de los cárteles, ya sea enfrentados entre sí, en lucha con las autoridades o, simplemente, en agresiones hacia quienes les obstruyen su acción. El afán de poder y riqueza no tiene límite, no sólo están dispuestos a violar la ley, sino a eliminar a quienes se les pongan enfrente.

Está visto que la fuerza no ha sido el medio para detener la ola de violencia. Lejos de amedrentarse, los violentos están dispuestos a responder con los mismos medios, a pesar de que saben perfectamente que no sólo está de por medio la vida de otros, sino que la vida propia también está en peligro. Y ni por eso se detienen.¿Cómo explicar esto? Es relativamente fácil: por un gran desprecio por la vida. Aquello de la canción de que la vida no vale nada, se ha convertido en una triste realidad. Una anticultura que contrasta, por ejemplo, con las corrientes ecologistas que defienden a los animales a niveles ridículos en algunos casos, apreciando más a una mascota que a una persona humana.

 

¿Cuál es el antídoto? La afirmación de la vida humana, porque se trata de una persona. ¿Y por qué se es persona? Porque en nuestra naturaleza existe un componente espiritual que nos hace ser lo que somos y nos distingue de cualquier otro ser sobre la faz de la tierra. Somos espíritus encarnados que nos vemos en una dimensión más allá de la materia y que tiene sus fines existenciales en lo alto, en Dios mismo.

Esta característica de la naturaleza humana nos hace portadores de una gran dignidad, que está por encima de cualquier consideración. Dignidad que no es exclusiva de un individuo en particular, que le otorgue el derecho de estar por encima de los otros, sino que es común a todos aquellos que poseen la naturaleza humana. Ningún hombre tiene poder, autoridad o privilegio para atentar, sin más, contra la vida de otro; ninguna mujer tiene derecho a pasar sobre la vida de su hijo; ningún hijo, médico o pariente, tiene derecho terminar con la existencia de un ser humano. Frente a ello no hay argumento que valga, pues en cualquier caso, significaría que hay justificaciones casuísticas para disminuir o negar la dignidad de las personas.

La conciencia y libertad que poseemos, como frutos de nuestra dimensión espiritual, son fundamento de los derechos humanos. Por eso, el derecho a existir, a ser, es el primero de todos los derechos, y extinguir la vida de cualquier persona, en cualquier momento, es inaceptable. De ahí que el derecho a la vida tenga que ser afirmado desde la concepción hasta la muerte natural.

Esta afirmación está claramente expresada en los ordenamientos jurídicos, principalmente de orden constitucional, donde se extiende y explicita dicha protección. Hacerlo de esta manera es un primer paso de oposición a la cultura de la muerte.

Pienso que ésta es la lógica que movió al diputado local priísta Antonio Sosa, a presentar una iniciativa de reforma a la Constitución del Estado de Michoacán para elevar a ese nivel la protección de la vida desde el momento de la concepción a la muerte natural.

Frente a la violencia que sufre Michoacán, ésta es una bandera que debe unificar a todos los hombres y mujeres bien nacidos, no sólo a quienes temen por sí mismos, sino por todos aquellos que respetan y aman –quieren el bien- de sus semejantes.

Lamentablemente se ha extendido un velo de silencio a esta iniciativa y la mayoría de los michoacanos desconocen su existencia. Ella puede convertirse, hoy por hoy, en la mejor bandera que se puede enarbolar como elemento unificador de quienes amamos la vida y esperamos que cese, de una vez por todas, el baño de sangre que recibe Michoacán. Pero debería ser, también, bandera nacional enarbolada en todo el país para afirmar el valor por la vida y el amor por ella.

Ciertamente que una declaración constitucional no terminará automáticamente con la violencia, pero también lo es que podrá un freno a quienes por la ausencia de disposiciones claras, hasta se sienten protegidos por la ley para acabar con la vida de otros, argumentando derechos propios o supuestos riesgos para otros. Una reforma constitucional a favor de la vida, es un clamor jurídico superior que da al Estado fuerza moral para defenderla y para educar –cosa que no se ha hecho- en su respeto.

JOSÉ J. CASTELLANOS       

No hay comentarios